viernes, 31 de enero de 2014

Balansiya, ciudad musulmana

Durante el gobierno amirí, Córdoba llegó a ser la envidia del mundo occidental por su relevancia en las artes, la medicina, la arquitectura y por su poder militar. Mientras mi maestro me explicaba su final, yo me lamentaba profundamente de que aquella época dorada se hubiera apagado. Pero he crecido y me he dado cuenta de que aquellos líderes fueron unos dictadores; de que dirigieron una administración despótica, donde el abuso de poder y la compraventa de favores era la regla general; de que únicamente buscaron su beneficio personal; de que despreciaron absolutamente el bienestar de sus súbditos. Capaces de lo mejor y también de lo peor, ellos mismos fueron los principales responsables de su propia desaparición.

Afortunadamente, el colapso de Córdoba no supuso para Valencia, al menos en un principio, un perjuicio, sino todo lo contrario. Mi maestro me contó cómo, bajo la dominación del Califato, nuestros antepasados instalados en Xarq al-Andalus, desarrollaron la agricultura moderna, base de la economía de la región. Al proceder de países donde el cultivo de la tierra estaba muy arraigado desde la Antigüedad, conocían las técnicas para explotar regadíos y mejorar su producción. Fomentaron el cultivo intensivo de la huerta e introdujeron el arroz, la naranja, el higo y casi todas las hortalizas que hoy consumimos, productos hasta ese momento desconocidos en estos lugares. Lo primero que hicieron fue parcelar la tierra y actualizar los sistemas de conducción de agua, que tenían origen romano. El agua necesaria para regar esta huerta se obtenía del río Guadalaviar. De aquella época son los azudes que permiten a las sucesivas acequias que distribuyen el riego tomarla. Pronto, se hizo necesario constituir una asamblea de regantes. Los síndicos designados por ella son los encargados de vigilar el reparto del agua e imponer las penas por las faltas cometidas. La comarca se convirtió de este modo en la huerta fértil que hoy admiramos. El esfuerzo de aquellos hombres reportó una gran prosperidad y también una envidiada belleza a nuestra tierra. 

Alquería en la huerta de Alboraya (foto por PCA (c))
Nada más comenzar el siglo XI del calendario cristiano, mientras Córdoba era sacudida por la revolución contra los amiríes, Valencia ya contaba con más de 15.000 habitantes y se preparaba para vivir una época de gran esplendor. En 1011, se independizó del agonizante Califato y se convirtió en capital de una taifa. Sus primeros gobernantes, Mubarak y Mudaffar, fueron funcionarios de origen eslavo, miembros del partido amirí, que ostentaban funciones de inspección del riego de la huerta. La representatividad, dentro de la comunidad musulmana valenciana, que conllevaba su cargo les dio la autoridad y el respeto necesario para dirigir los destinos del reino durante algunos años.

Diez años después, Abd al-Aziz ibn Abi Amir, nieto de al-Mansur, fue nombrado rey de la taifa. Digno de recuerdo es este monarca por las grandes obras de mejora que acometió en la ciudad y la convirtió en una de las más reconocidas y loadas por los historiadores y poetas. Lo que aprendí de él me llenó de orgullo. Mandó erigir, a lo largo del perímetro del brazo meridional del río, unas sólidas murallas, rematadas por dignos torreones, que aún hoy, dos siglos después, son la envidia de muchas ciudades capitales. Siete puertas se abrían en ella para permitir el acceso desde los poblados arrabales. Fue el promotor de la construcción del primer puente de piedra sobre el río, resistente a avenidas y riadas, de un nuevo alcázar junto a la mezquita y el zoco, de la bella almunia que fue su residencia y la de todos los reyes posteriores. Con Abd al-Aziz, Valencia vivió los 40 años más prósperos desde la época romana imperial.

Muralla de Abd al-Aziz en Valencia (foto por PCA (c))
Al morir en 1061, su hijo Abd al-Malik heredó la taifa. Valencia mantuvo, durante esos años, una buena relación con las vecinas taifas de Zaragoza y Lérida, gobernadas por al-Muqtadir, de la dinastía hudí. Sin embargo, la boda de Abd al-Malik con una hija de al-Mamun, rey de Toledo, no impidió que éste, unos años más tarde, creyéndose con derechos suficientes sobre su yerno para someterlo, asaltara su reino. Una lucha de hermanos contra hermanos, que nos debilitó. A partir de aquel momento, Valencia quedó anexionada a la taifa de Toledo. Este estatus se mantuvo hasta 1075, cuando, al morir al-Mamun, le sucedió su nieto al-Qádir, según mi maestro, un jovenzuelo pusilánime y poco dotado para el gobierno. Valencia pudo recobrar su independencia con Abu Bark, otro hijo de Abd al-Azir, como monarca. Éste casó a su hija con al-Mu'taman, hijo de al-Muqtadir y ya rey de Zaragoza, lo que le permitía tener un poderoso aliado pero, a cambio, le obligaba a vasallaje.
Puerta de la Bisagra (Bab al-Saqra) de Toledo (foto por wikipedia)
Por su parte, los reinos cristianos también intentaban ganar poder. Alfonso VI de Castilla ambicionaba controlar los territorios fronterizos y vio su oportunidad cuando, tras varias revueltas, el rey musulmán de Badajoz tomó Toledo y se anexionó su taifa. La antigua capital visigoda era un bastión demasiado importante. Así pues, Alfonso VI acudió con tropas a la solicitud de ayuda de al-Qádir y reconquistó Toledo, pero no para devolver al régulo depuesto, sino que se reservó para sí este territorio. Una vez asegurada esta conquista, encomendó a su capitán Álvaro Háñez la misión de apoderarse de Valencia antes de que lo hiciera al-Mu'taman. En 1086, las tropas castellanas tomaron Valencia, entonces gobernada por Utman ibn Abu Bark, imponiendo a al-Qádir como nuevo monarca. Éste fue el fin de la dinastía amirí al frente del gobierno de nuestra tierra. Un final que muchas veces he lamentado.

sábado, 11 de enero de 2014

Córdoba, entre el cenit y el nadir (de 756 a 1031)

Nunca olvidaré las enseñanzas de mi maestro sobre la historia de nuestra patria. Gracias a él, aprendí cómo nació un gran estado musulmán en occidente y cómo grandes hombres, que Allah los haya recompensado con todo lo bueno, han luchado por mantenerlo vivo y hacerlo florecer.

Por él, conocí los nombres de los ocho emires que gobernaron en Córdoba a lo largo de más de 150 años. El primero de ellos, Abd Ar-Rahman ibn Mu'awiya ibn Hisham ibn Abd al-Malik, llamado por los cristianos Abderramán I, huyendo del exterminio que su pueblo omeya estaba sufriendo en Damasco por los abasíes, llegó a la península apenas 50 años después de la conquista. Siempre envidié su habilidad y también su autoridad con las que logró, a pesar de todas las dificultades, consolidar una al-Andalus bajo la bandera blanca de los omeyas. Fue capaz de imponer el equilibrio entre todas las fuerzas que se disputaban el control del territorio, árabes, bereberes y cristianas. Y, de esta forma, proclamó en Córdoba un emirato independiente, obteniendo la lealtad de todas las facciones rivales y manteniendo al mismo tiempo a raya a los enemigos enviados por el califa abasí de Bagdad.
Mezquita de Córdoba (foto por wikipedia)
A lo largo de los años, las disputas por el poder con árabes y bereberes fueron cada vez más sangrientas y las revueltas internas con mozárabes y muladíes, cada vez más frecuentes. Además, dos amenazas externas pusieron el emirato en una situación de extrema debilidad: por el norte, los reinos cristianos de León y Navarra, que empezaron a organizar campañas militares para la recuperación del territorio; por el sur, la fundación en el Magreb de un nuevo Califato fatimí de Túnez, independiente del de Bagdad, que amenazaba la independencia omeya conseguida con gran esfuerzo. Afortunadamente, Abd ar-Rahman ibn Muhammad (Abderramán III), el último de los emires, reaccionó proclamando, a finales del año 316 de la Hégira, el Califato. Se consiguió así alejar el fantasma de la sumisión a uno u otro poder y comenzó la época dorada de al-Andalus.

Recuerdo las palabras de mi maestro: "Con Abd ar-Rahman III, con su hijo Al-Hakam y más tarde con el poder de la familia amirí, Córdoba llegó a ser cuna de nuestra cultura, faro de nuestra civilización, perla de occidente y triunfo del poder de Allah. Fueron tan solo ochenta años, pero de ellos, mi amado Ahmad, tenemos que estar tremendamente orgullosos." Efectivamente, Córdoba se convirtió en un centro financiero, comercial y cultural de primer orden en todo el Occidente. Y, en aquel tiempo, una de las ciudades más pobladas del mundo conocido, con más de medio millón de habitantes. Su mezquita era la más grande, después de la de La Meca. Su biblioteca era la más nutrida de su tiempo, con casi un millón de volúmenes. Sus ciudades áulicas de Medina Azahara y Medina Azahira eran la envidia de su tiempo.

Puerta del primer ministro, Medina Azahara (foto por wikipedia)
La muerte de Al-Hakam trajo consigo un cambio político sustancial. Su hijo, Hisham II, tenía apenas 11 años y varias facciones cercanas al poder se disputaron la regencia. Fue entonces cuando apareció en la Historia la figura de Abu Amir Muhammad ben Abi Amir al-Maafirí, llamado al-Mansur bi-llah (Almanzor para los cristianos), quien ya se había abierto camino en la corte con diversos cargos de confianza, destacando por su falta de escrúpulos para conseguir sus propósitos, y gozaba de una gran influencia. Sin ningún reparo, eliminó los obstáculos para que, en Safar del año 366, Hisham II tomara posesión como tercer Califa de Córdoba. Y así, al-Mansur, primero como visir y más tarde como hayib, inauguró una nueva etapa, en la que el gobierno del estado estaba en sus manos y el califa apenas mantenía una función representativa. Con determinación, controló las distintas familias y tribus opositoras del régimen, alimentó las arcas del estado con el oro obtenido en sus campañas del Magreb y encabezó su propia yihad contra los reinos cristianos. Sus victorias en las razias de Zamora, Barcelona, Coímbra, Santiago de Compostela y Pamplona permitieron ampliar la frontera del estado hacia el norte.

Hoy leo en las crónicas que al-Mansur fue un alcohólico, un conspirador, un demagogo, un déspota y un asesino. En esos mismos papeles, se califica su gobierno como una dictadura cruel y opresora que llevó al Califato a la ruina. Quizá nada de eso sea falso. Pero, qué caudillo no utiliza los recursos que tiene en su mano para afianzar su liderazgo; qué batallas pueden ganarse al enemigo sin aplicar la fuerza necesaria; qué victoria no se celebra con jarana y algazara. A pesar de todos sus defectos, no debemos olvidar sus éxitos y sus victorias. Porque los réditos que su esfuerzo dieron a la patria sirvieron para que al-Andalus, en su época, viviera su cenit. Sin embargo, como siempre me recordó mi maestro, la historia es escrita por los vencedores, cuyas manos moldean la imagen que queda para la posteridad de todos los grandes hombres y mujeres que han existido. Y nosotros ya hemos sido derrotados.

Córdoba, puente romano y mezquita (foto por wikipedia)
Tras la muerte de al-Mansur, sus dos hijos mantuvieron durante unos años el gobierno, pero no la estabilidad que necesitaba el Califato. El poder de los amiríes se iba debilitando, hasta que llegó su fin. Los hijos de al-Mansur murieron asesinados con un año de diferencia e Hisham II fue derrocado. El golpe de estado, urdido por los propios omeyas, pretendía imponer un califa y un gobierno más fuertes. Pero la consecuencia de aquello fue la fitna, que debilitó cada vez más la unidad del estado. Efectivamente, durante los 22 años de guerra civil, al-Andalus se fragmentó en multitud de reinos, hasta que el Califato omeya de Córdoba se disolvió definitivamente en el año 422 de la Hégira.

‎Han pasado dos siglos de aquello. Fernando de Castilla ya ha tomado Córdoba y Jaime de Aragón ha entrado en Valencia. Sus tropas avanzan hacia el sur, ocupando cada vez mayor territorio. Ni los almorávides ni los almohades, que sucesivamente llegaron desde el Magreb, han sido capaces durante este tiempo de devolvernos la relevancia ni el poder de antaño, a pesar de su gran fe religiosa, rayana en el fundamentalismo, y su dura experiencia militar; y los reinos cristianos han aprovechado nuestra gran debilidad. La religión de Allah está siendo derrotada y sometida. Al parecer, muy pronto toda la península será cristiana.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Tariq y Musa conquistan al-Andalus (711 a 714 d.C.)

En ocasiones anteriores, mi querido Ahmad, te he contado historias de nuestra ciudad: su fundación por militares ítalos, su destrucción por Pompeyo, su refundación en la época imperial, y su transformación en sede episcopal bajo el dominio cristiano. Hoy, te contaré cómo fue conquistada por los Omeyas para nuestra fe, comenzando así su época de mayor esplendor. 

Estaba Valencia gobernada por Agrescio, cuando es sitiada por las tropas de Tariq ibn Ziyad. Aquello sería apenas dos o tres años después del comienzo de la llegada de nuestras tropas a al-Andalus. El monarca visigodo Rodrigo había sido derrotado y casi toda la península estaba ya en poder del islam.

Sí, así fue. Los omeyas, en su plan de ampliar su califato por los territorios del extinto Imperio Romano, y tras ocupar Ifriqiya y el Magreb, habían planeado ya desde hacía algún tiempo la conquista de la península Ibérica. Dando cumplimiento a ese plan, comienzaron a enviar tropas a al-Andalus a través del mar, el mes de Ramadán del año 92 de la Hégira, aprovechando el momento vulnerable que vivía el reino visigodo, debilitado por las intrigas y luchas intestinas por el poder. Al mando del gran general bereber Tariq, muchos barcos llegaron a Algeciras con un gran número de soldados árabes y bereberes a bordo. El rey Rodrigo, alarmado por las noticias que le llegaban, se desplazó en persona a detener aquella invasión pero, cuando llegó frente al campamento de Tariq, éste ya contaba con más de 12.000 hombres. Con ellos, estaba Julián, conde visigodo de Ceuta, y sus tropas. Su interés en deponer a Rodrigo le llevó a aliarse con los nuestros, a pesar profesar el cristianismo. 
Estrecho de Gibraltar (foto por wikipedia)
El encuentro definitivo entre ambos bandos tuvo lugar a orillas del río Guadalete, en la región de Sidonia, el 5 de Shawwal. Aquel glorioso día, Rodrigo fue muerto y su ejército derrotado. Esta hazaña supuso el fin de trescientos años de dominio visigodo en al-Andalus y el principio de la conquista de la península para nuestra religión. Tariq se lanzó hacia el norte, casi sin resistencia. Medina Sidonia, Carmona y Córdoba fueron ocupadas fácilmente, sin apenas encontrar oposición. Mientras tanto, Musa ibn Nusayr, gobernador de Ifriqiya, cruzó el estrecho con 18.000 hombres más. Con este importante refuerzo, tomaron Cádiz, Sevilla y Mérida, avazaron rápidamente por la calzada de la Plata, ganando más pueblos, y llegaron a Astorga. Mientras tanto, Tariq conquistó Toledo, la capital del antiguo reino cristiano. Apenas habían transcurrido cinco meses de su desembarco. Ya no quedaba esperanza para el cristianismo, que, a partir de entonces, buscó refugio en las regiones del norte peninsular.

Así pues, tras darse una vuelta por las tierras de Pamplona, Zaragoza y Tarragona, en el año 95 de la Hégira, las tropas de Tariq llegan ante las murallas de Valencia y ponen sitio a esta ciudad. En uno de los asaltos, se incencia el almacén de grano, poco protegido, situado equivocadamente muy cerca de la muralla norte. Sin acceso al alimento y tampoco al agua del río, el pueblo padece necesidad y Agrescio capitula. 


Valentia visigoda, conquistada por Tariq (según Albert Vicent Ribera Lacomba)
Tariq es benigno con los valencianos: les permite residir en sus casas, seguir con sus costumbres y profesar su propia religión, a cambio de aceptar la autoridad musulmana del nuevo gobernador, Abulcacer al Hudzali, y de pagarle los tributos. Se construyen el alcázar, varias mezquitas y el zoco. Comienza así una época de esplendor de Valencia, que dura hasta el 486 de la Hégira (el 1094 de la era cristiana), año en el que el Cid Campeador entra en la ciudad. 

¿Qué pasa durante esos casi 400 años? No es sencillo de contar. Se trata de una época turbulenta y maravillosa a la vez. Grandes líderes nos defenderán y mezquinos cobardes nos traicionarán. Pero, por hoy, mi amado Ahmad, ya es suficiente: estoy muy cansado. Sé paciente. Pronto te contaré el resto de la historia.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Valentia visigoda, en el siglo VI

Raya el alba por el este. El cielo negro y añil comienza a verdear, antes de permitir la aparición por el horizonte de los primeros tonos anaranjados. En el ‎centro de la ciudad de Valencia, ‎el gran forum columnado permanece aún en penumbra, pero los nuevos edificios del recinto episcopal colindante, más altos, empiezan a recibir la luz naciente del día. Por las ventanas del muro oriental de uno de estos edificios, el palacio episcopal, se cuelan ya las primeras luces del día. Suenan seis toques cadenciosos en las campanas de la cercana catedral, cuando un monje joven llama suavemente a la sólida puerta de madera del dormitorio principal, con una escudilla de leche en la mano.‎

- Suplico me perdone. ¿Está Su Ilustrísima despierto? ¿Puedo pasar?
- Adelante, Vicentius, adelante. No dormía. Últimamente no puedo dormir mucho. Hoy me he despertado al sonar la cuarta campanada y desde entonces mi mente no ha parado de pasar de un pensamiento a otro.
- ¿Como se encuentra hoy? Como Su Ilustrísima no me ha llamado, comprendo que esta noche no ha sufrido los ahogos de los pasados días.
- Me ahogo, Vicentius, claro que me ahogo, si no mantengo mi cabeza incorporada. Son 50 años ya que por la gracia de Dios estoy en este mundo; y sé que muy pronto he de ir a contemplar Su rostro y a rendirle cuentas de mis pecados. Quizá la próxima noche sea la última. Quizá la siguiente. Por eso, es importante que ultime ciertos asuntos...‎
- Su Ilustrísima no debe decir esas cosas. No ha de morir antes de ver terminadas las obras de ampliación de la catedral, o al menos antes de consagrar su nuevo mausoleo.‎‎

Mausoleo-cripta de la época visigoda junto a la catedral de Valencia (foto por PCA (c))
Desde su refundación, Valencia no ha cambiado mucho, recogida dentro de los límites del perímetro formado por las murallas romanas, salvo en la zona del centro de la ciudad. Dos siglos atrás, el diácono Vicente de Zaragoza estuvo apresado muy cerca de su forum, donde sufrió martirio y muerte. Este histórico acontecimiento, ordenado por el prefecto Daciano en el marco de la persecución a los cristianos ideada por el emperador Diocleciano, tuvo un efecto contrario al pretendido y la fe cristiana enraizó con mayor fuerza entre los habitantes de la ciudad. La prisión y demás lugares martiriales se convirtieron pronto en lugar de culto, junto a los cuales se erigieron la catedral y otros edificios eclesiásticos. Hoy, el complejo episcopal está siendo ampliado sobre parte del cardo maximus, con la construcción, anejos a la catedral, de un baptisterio y una nueva capilla. Ya ha amanecido y empieza a escucharse desde el dormitorio del obispo el tránsito de caballerías que llega por esta principal calle y que ahora debe rodear el nuevo muro perimetral del recinto por las callejas adyacentes.

- Sí, Vicentius. He de morir, como todas las criaturas del Señor. ¡Y no! ¡No es mi mausoleo! La capilla funeraria que ordené construir junto a la catedral, lo sabes muy bien, no es para mí, si no para albergar los restos de nuestro Santo Mártir.
- Tiene razón Su Ilustrísima. Mi devoción por Vicentius de Caesaraugusta es también muy profunda, al igual que la de mi madre, quien eligió su nombre para mi bautismo. Pero no puede negarse que, gracias a Su Ilustrísima y a Dios nuestro Señor, dentro de poco las reliquias del Santo tendrán un lugar digno intramuros donde descansar. Y los fieles ya no tendrán que llegarse hasta la Roqueta para orar sobre su sepulcro.‎
Altar visigótico en el Centro Arqueológico de L'Almoina (foto por PCA (c))
- Así es, discípulo mío. Exactamente esta es la idea. Este nuevo mausoleo es para que el cuerpo del diácono Vicentius descanse por fin cerca de los Santos Lugares donde sufrió martirio y muerte por la fe de todos nosotros pecadores. Es mi deseo que las reliquias sean trasladadas desde La Roqueta al nuevo lugar nada más acaben las obras. Pero no dejaré el monasterio totalmente despojado. Recuerda que yo mismo fui su abad hace muchos años y entre aquellos muros crecí en la fe. Tengo intención de legarle todos los dineros que he conseguido recoger durante mi episcopado. Deseo que con ellos se erija en aquel lugar un gran cenotafio, para que lo encuentren los peregrinos que lleguen por la Vía Augusta y no pasen de largo ante el lugar donde estuvo sepultado desde que fue hallado el cuerpo del Santo. Pero es preciso dejar todo esto por escrito. Corren tiempos confusos y auguro cambios importantes. El rey Teudis acaba de morir y la tensión entre ostrogodos y bizantinos por la sucesión del reino aumenta. Mis deseos deben respetarse, pase lo que pase, y sea quien sea mi sucesor en el obispado de Valentia. ‎¡Pero, basta ya de cháchara! Siéntate y coge la pluma. Tienes que ayudarme a dejar listos estos los preparativos.
-¿No quiere Su Ilustrísima desayunarse primero? La leche está recién ordeñada y el pan ya debe estar...
-De acuerdo, dame la escudilla, ¡pero ve!

El joven Vicentius, sentado ante una rica escribanía de nogal, escucha atento y transcribe cuidadoso las palabras que su obispo, sentado en su cama, va dictando lentamente: "En la ciudad de Valentia, archidiócesis de Toletum, en el año del Señor de 548. Yo, Justinianus obispo, en el vigésimo año de mi episcopado, es mi voluntad..."

sábado, 30 de noviembre de 2013

La Peña Cortada: agua para un sueño truncado

Yo, Marco Cornelio Nigrino, el edetano que lo consiguió casi todo. Tribuno militar, prétor y comandante de los ejércitos imperiales en Germania y Aquitania. Senador en Roma. Gobernador de Moesia y de Syria. Cinco veces recibí las más altas condecoraciones del Imperio con doble rango. Pude ser Emperador. Sólo eso me faltó. Tras mi brillante carrera política y militar, me lo merecía. Pero finalmente el trono fue para Trajano, mi gran competidor. Ya se encargó él de prepararse el terreno. Mientras yo luchaba por Roma, por defender sus fronteras, por mantener a raya a los bárbaros, él se trabajó los favores de Nerva, siempre a su lado, como un perrito faldero, hasta que consiguió lo que quería. Quién sabe las artimañas que utilizaría para que el César lo nombrara hijo adoptivo y heredero. Quién sabe si llegaría incluso a conspirar su repentina muerte.

Nadie me venció en el campo de batalla. Mi única derrota la obtuve en el terreno de los favores e intereses, en la política, en la misma Urbe romana. Me retiré entonces a mi Edeta natal, donde compré una vasta extensión de tierras entre la ciudad y los montes Rodenos, en la que hice construir una villa como no se había visto ninguna otra, mi propia casa, donde pensaba pasar mis últimos años en paz. No reparé en gastos. Para la fachada principal, ordené traer columnas de varios templos griegos, de Macedonia. Los mejores artesanos decoraron los suelos con los mosaicos más bellos de toda Hispania. Deseaba cultivar el suficiente cereal como para abastecer a toda la Tarraconense. Quería plantar viñedos y producir el mejor vino del Imperio. Pero tenía un problema: el agua.  No tenía agua.

Acueducto horadado en la roca sobre la rambla de Alcotas (foto por PCA (c))
Llegaron los mejores ingenieros con diferentes proyectos de solución. El más sencillo proponía traer el agua de las fuentes y barrancos que nacían en los montes Rodenos. Incluía el desvío hacia mi finca de un gran cauce que desembocaba directamente en el mar. Descarté pronto esta idea, porque el volumen previsto era insuficiente para mis planes: yo sabía que estos barrancos permanecían secos durante la mayor parte del año y las fuentes de la sierra manaban con caudales irregulares. Otra solución consistía en subir el agua desde el Turia. Para llevar esto a la práctica, se requería la construcción de complicados artefactos que ayudaran a salvar el importante desnivel existente entre el río y mis tierras de cultivo. Las pérdidas de agua estimadas con esta complicada canalización eran considerables. Finalmente, elegí la propuesta más ambiciosa, y también la más cara: traer el agua del río Tuéjar. La captación se obtendría en una cota superior, cerca de su nacimiento, y para el transporte se aprovecharía la pendiente del terreno. Habría que salvar una difícil orografía y la considerable distancia existente, lo que requería llevar a cabo una espectacular obra civil. Pero eso no me desanimó.

En cuanto reuní los fondos que tenía disponibles, se iniciaron los trabajos del dique, cerca del nacimiento del río, y del canal excavado en la roca. Se encontraron numerosas dificultades técnicas, pero encontré los medios para resolverlas. Si había que salvar un barranco, hacía llamar a los mejores constructores de puentes. Que la montaña impedía el paso, contrataba a miles de picadores para horadarla. Este proyecto dio trabajo a miles de personas durante muchos años. La fábrica más espectacular, la construcción del túnel para atravesar la peña, junto al barranco de la Cueva del Gato, requirió realizar un corte transversal en la roca de 25 metros de altura, junto con un túnel de 50 metros de longitud. Todo un prodigio técnico, ejecutado de forma colosal. Sin embargo, el reto de salvar la amplia rambla de Alcotas con un acueducto de seis arcos no pudo concluirse. Una vez más, mi competidor me había vencido, pero no en una disputa bélica, sino económica.

Arcada del puente sobre la rambla de Alcotas, cerca de Chelva (foto por PCA (c))
Trajano y su ambición desmedida llevaron el Imperio a la crisis. Sus escandalosas reformas de la Urbe, sus absurdas campañas de expansión hacia el este y las consiguientes guerras para mantener los nuevos territorios conquistados requerían mucho dinero. Todo el crédito disponible en el Imperio fue para estos fines. Mientras tanto, regiones fieles a Roma, como Edeta, dejaron de recibir fondos para inversiones y poco a poco fueron empobreciéndose. Como otras muchas obras en aquella época, los trabajos en mi acueducto se abandonaron y los obreros perdieron su trabajo.

Crisis, maldita palabra. Seis letras griegas que todo lo cambian. Cuando alguien las pronuncia, los planes que hemos trazado ya no tienen sentido y debemos renunciar a nuestros sueños, porque dejan de ser factibles. Crisis significa la ruptura de una ilusión, la desviación del camino previsto, el cambio hacia lo desconocido, la sustitución de objetivos brillantes de prosperidad por otros miserables de supervivencia y, en definitiva, el abandono de las metas más deseadas. Después, supone malvivir en manos de los conspiradores que la provocan. Y humillarse, agradecidos, a los confabuladores que se quedan con el fruto de nuestro esfuerzo y nos dejan unos pocos despojos.


sábado, 16 de noviembre de 2013

Edetania entre la república y el imperio

Nuestro anónimo viajero tuvo muy mala suerte. Llegado a la cincuentena y después de una vida de duro trabajo, su mayor anhelo era regresar a su Dianium natal (Denia) para pasar sus últimos días junto a sus parientes. Por eso, partió de Tarraco, donde vivió los pasados años, y tomó la vía Heráclea en su último viaje. Entró en Edetania atravesando el río Udiva (hoy conocido como Mijares), pasó por Saguntum y entró en Valentia. Encontró ambas colonias en ruinas. Apenas un año antes habían sido arrasadas por Pompeyo.

Ruinas del castillo de Sagunto en el emplazamiento de la antigua Arse (foto por PCA (c))
No sabemos si llegó a su destino. Probablemente, no llegara siquiera a Sucro (Alzira, entonces en una isla del río Júcar). Pompeyo y su gente estaba en plena tarea de escarmiento por esa zona. No le creemos capaz de enfrentarse con éxito, solo y a pie como viajaba, a los legionarios romanos en un seguro encuentro fortuito.

Tras las guerras púnicas, esta plana fértil, llamada Edetania, entre la montaña y el mar, pasó a formar parte de la Hispania Citerior romana y prosperó rápidamente en tiempos de la República. Sus puertos marítimos de origen fenicio y la calzada que la atravesaba como un eje vertebrador permitieron mantener la comunicación con los pueblos vecinos (turdetanos, galos, italos...) y reforzar el tradicional poderío comercial de esta tierra. Gracias a ello, muchos poblados de origen íbero, como Edeta (Liria) o Arse (Sagunto), aun con sufrimiento y esfuerzo, lograron sobrevivir e incluso alcanzar una gran relevancia tras la ocupación romana. La misma Valentia, tras su fundación en el año 138 a.C. como una colonia militar, se convirtió pronto en una importante ciudad gracias a su estratégico asentamiento.

Pero la guerra llegó. El general Quinto Sertorio, tribuno militar destinado en la península, había desafiado a Sila cuando éste fue nombrado dictador en Roma. Muchos pueblos, los edetanos entre ellos, se pusieron del lado de Sertorio, a quien seguían como a un héroe. Y esto trajo consecuencias. Sila, investido por el Senado de poderes especiales para sofocar las rebeliones que, como ésta, se declararon en aquella época contra los invasores romanos, envió a Hispania a dos de sus comandantes más hábiles y exitosos, Metelo y Pompeyo, al mando de varias legiones romanas. Los disidentes, mejor conocedores del territorio y apoyados por la población nativa, resistieron varios años. Finalmente, Sertorio fue asesinado en la villa de Osca (Huesca) y las tropas de Pompeyo acabaron sometiendo o arrasando una a una a las poblaciones que, como Valentia, se mantuvieron leales al general rebelde.

Tramo de la calzada de acceso a la vía Augusta desde Sagunto (foto por PCA (c))
¡Ay! Si nuestro viajero hubiera vivido durante el mandato de Augusto en la época imperial... Si hubiera recorrido la misma ruta 80 años más tarde... Habría pisado la nueva calzada, ampliada y remodelada, llamada ahora igual que el emperador, promotor de estas mejoras. Hubiera conocido un nuevo esplendor en Edetania: el apogeo de Saguntum y la refundación de Valentia, la ampliación de sus circos y la reconstrucción de sus murallas, la edificación de nuevos palacios y templos, del nuevo teatro y del puerto de mar, de nuevos puentes y acueductos.

De uno de esos nuevos proyectos, la obra hidráulica más espectacular y arriesgada acometida en aquella época en la península, hay una historia... Será su protagonista quien os la cuente.

martes, 29 de octubre de 2013

Valentia Edetanorum, año 74 a.C.

Noviembre del año 680 después de la fundación de Roma. Hispania Citerior. Un viajero sigue la calzada Heráclea a pie en dirección sur. La guerra contra el tribuno Sertorio, que durante décadas ha estado arrasando las provincias penínsularesha dejado ruina y desolación a lo largo y ancho de la llanura que se extiende junto al mar entre Tarraco y Dianium. Nuestro hombre ha encontrado en su viaje viviendas y campos arrasados donde hace un par de años prosperaban heredades de cereales y viñedos.

Anochece cuando llega junto al río Palantia y encuentra el puente de piedra arruinado, como otros más que ha dejado por el camino. Afortunadamente, el paso es franco, pues las lluvias del otoño no han sido muy abundantes y el cauce aquí, próximo a la desembocadura, está seco. En la penumbra, entra en Saguntum donde sólo adivina desolación. No queda ninguna casa en pie. Los cascajos cubren una gran extensión bajo las caras norte y este del cerro próximo. Decide probar suerte en Arse, antiguo poblado íbero fortificado sobre el cerro, famoso por su resistencia ante el asedio del cartaginés Aníbal, en el siglo III a.C. Trepa entre los escombros por la ladera y llega ante las murallas. Ochenta familias pasan la noche al abrigo de sus defensas. Gracias a su solidez, han sobrevivido también a esta guerra y aún conservan un lugar donde vivir. Allí, los vecinos ofrecen cobijo al visitante. Junto al horno de pan del poblado, recién apagado, encuentra un lugar seco y caliente donde pasar la noche.


Castillo de Sagunto, antigua ciudadela de Arse (foto por PCA (c))
A la mañana siguiente, continúa temprano su viaje por la plana extensión de terreno despejado que se abre entre la sierra y el mar. Desde la calzada, el panorama sigue siendo desolador. Campos arrasados y abandonados. Durante 15 millas, nuestro viajero no encuentra a nadie, a pesar de ser un soleado y agradable día de otoño. A media tarde alcanza la ribera del río Tyrius. La jornada ha transcurrido tranquila, sin ninguna complicación. Sin embargo, nuestro personaje está cansado y se pregunta dónde podrá encontrar alojamiento. No encuentra ningún puente por el que atravesar el cauce. Varias tablas quemadas se amontonan en el margen, restos sin duda de una pasarela de madera que en otro tiempo dio servicio a los que, como él, deseaban entrar en Valentia. Hoy, debe descalzarse para vadear la corriente un poco más hacia poniente. Alcanza la otra orilla y trepa entre las rocas amontonadas de lo que fue un puerto fluvial. En su recorrido por el cardo de esta antigua colonia militar del cónsul Décimo Junio Bruto, nadie aparece por la calle. Tampoco en el foro.


Ruinas de la Valentia republicana, las termas junto al cardo maximus (foto por PCA (c))
Lo que ve, le deja consternado. Conoció esta plaza pública hace más de 30 años, cuando era un próspero comerciante de ganado. De los edificios públicos, como la basílica, donde tantas veces había vendido sus reses, o el hórreo, donde se almacenaba el grano que entraba en la ciudad, no queda apenas rastro. Hasta el ninfeo, donde manaba una fuente de aguas termales, muy apreciada por los edetanos y también por los forasteros que llegaban a pie, está arruinado. Ve su manantial vertiendo en un canal de desagüe, perdiendo sus aguas en el río. Ve los matojos secos creciendo entre piedras donde antes se alzaban las casas de sus amigos. Ve los esqueletos de perros y ovejas, e incluso alguno humano, diseminados por cualquier lado. Y finalmente ve a una mujer, que huye espantada tropezando con los huesos y las piedras. Corre tras ella, y la ve esconderse tras dos muros del circo que aún permanecen milagrosamente en pie.

- Mujer, ¿dónde están los edetanos? - pregunta el viajero.
- Muertos - le grita la mujer -. ¡Maldito Pompeyo y todo el Senado de Roma!
- Lo siento mucho, rezaré a Asclepio por ti - concluye el hombre.

Y, acto seguido, toma la decisión de continuar su camino hacia el sur, en busca del río Sucro. Intentará pasar la noche en alguna cabaña de pescadores junto al lago. Si aún queda alguna.