viernes, 28 de marzo de 2014

En busca del moro Zayd

Por fin, he dejado Valencia, camino del norte. Muy temprano, he salido hoy de la Morería y he atravesado el arrabal de Roteros. Al pasar junto a la iglesia de la Santa Cruz, recién construida sobre el solar de la vieja mezquita, he girado hacia el oeste, por un camino estrecho entre huertas bien cuidadas y caudalosos azarbes. Hacía casi seis años que no recorría aquella senda. Mi corazón se ha ido acelerando, a medida que me acercaba a aquel molino. Mi bisabuelo lo levantó hace dos siglos, cuando llegó con sus padres y sus tíos a Xarq al-Andalus huyendo de la fitna de Córdoba. Allí, nací y crecí. De niño, construía mis propios juguetes amasando con agua la harina que caía al suelo y me escondía entre los sacos del almacén. Allí es donde, al cumplir los 12 años, empecé a trabajar de mozo de carga. Más tarde, como oficial, fui el responsable de la producción. Al morir mi padre, heredé la propiedad. No es el más grande de Valencia, ni mucho menos (muy cerca se encuentra el "molino de las Nueve Muelas" para dar fe de ello), pero sí es el más antiguo. Un brazal de la acequia de Rovella le cede su caudal como fuerza motriz. El agua entra por su caz de cuatro codos de anchura hacia dos saetines y mueven los dos rodeznos. El socaz la devuelve al brazal, que sigue su camino hacia Roteros para cubrir las necesidades de tenerías y tintorerías.

Solar de la calle Salvador Giner de Valencia, donde se encuentran, en total abandono,
los restos de un antiguo molino árabe (foto por Diana Sánchez Mustieles)
Alguien lo recordará aún como el "molino de Aben Amir", aunque ya no pertenece a nuestra familia. Desde hace seis años, es propiedad de los mercedarios para el sustento de su convento de Boatella. Perdida la propiedad del molino, que fue toda mi vida, rechacé seguir trabajando en él. Tenía 40 años y pasé algún tiempo angustiado, intentando superar ese gran cambio en mi vida. Afortunadamente, la aljama pronto me nombró "mostassaf" para la comunidad musulmana y me he concentrado durante los años siguientes en desempeñar las funciones del cargo con justicia e imparcialidad. Pero hoy he vuelto a aquel lugar porque quería, antes de partir, despedirme de él. Tras rodear el edificio, intentando pasar desapercibido a los trabajadores que comenzaban su jornada laboral, he seguido el brazal hasta el canal principal de la acequia. Junto al partidor, me he detenido fascinado a observar la corriente que se dirigía, rauda, por la izquierda, hacia el valladar que rodea la muralla junto al mercado nuevo. Hoy, habrá sido necesaria para baldear las calles y limpiar de ellas todo rastro de la celebración, ayer, del aniversario de la muerte del Diácono Vicente de Zaragoza. El obispo de Tarragona ha recuperado esta tradición, tras varios siglos en el olvido, con la intención, al parecer, de devolver la devoción al mártir y conseguir que Valencia vuelva a recibir peregrinos; como lo hizo antaño. Difícil es ya, en mi opinión, hacer competencia a Santiago en este asunto.

Siguiendo el margen de la acequia madre, corriente arriba, he llegado hasta su azud. El sol rielaba sobre el agua embalsada y me he evadido en una ensoñación. Durante unos minutos, he deseado ser un genio poderoso, con una fuerza capaz de destruir la presa y provocar una riada que barriera todo tras de mí: molino, ciudad y reino. Despertado de mi fantasía, he pedido perdón a Allah por estos malos pensamientos y he seguido mi camino por la orilla del Guadalaviar hasta la posada de Ata, donde me alojaré esta noche.

Azud de la acequia de Rovella, en el viejo cauce del Turia (foto por PCA (c)).
Os preguntaréis qué hago en Mislata, puesto que me dirijo hacia el norte. Tendríais razón si me dijerais que la vía más rápida para llegar a los territorios septentrionales sería utilizando la calzada a Tarragona. Debería entonces haber salido de Valencia por la puerta de los Catalanes, como llaman ahora a la puerta de la Hoja, hacia la alquería de Rascaña. Sin embargo, descarté inmediatamente ese camino, por dos motivos. En primer lugar, de las rutas de salida de la ciudad, es la más transitada, lo que está en contra de mis intereses, pues deseo pasar inadvertido mientras pueda. Además, y ésta es la otra razón, atravesaría localidades bien controladas por las tropas de Aragón como El Puig, Sagunto, Betxí y Onda. Intentaríais convencerme después para que, por el puente de piedra y la Alcudia, llegara a la alquería de Marchalenes, y tomara después el carril a Bétera. Desde allí, sería fácil cruzar al valle del Palancia, donde los caminos están en buen estado y sus desniveles son mínimos. También rechacé de plano esta idea porque pondría en grave riesgo mi misión. En efecto, los pueblos del Palancia se mantienen partidarios acérrimos de Abu Zayd y prefiero evitarlos.

Durante los últimos meses, he estado planificando mi viaje concienzudamente. De entre las diversas rutas posibles, elegí finalmente la alternativa más discreta. Seguiré el Guadalaviar, unas leguas, alejado de las poblaciones que ya han sido repobladas por familias de cristianos viejos, hasta Benaguacil. En esta alquería tengo amigos y familia. Después, giraré hacia el norte para cruzar transversalmente las sierras de la Calderona y Espadán, territorios aún sin repoblar donde podré encontrar musulmanes afines a mi causa. A pesar de su mayor dureza, estimo que se trata del camino más seguro para mis propósitos.

Socaz del molino de la Barca, cerca de Benaguacil  (foto por PCA (c))
Alejado de las vías de mayor tránsito, tendré menos posibilidades de encontrar alojamiento y manutención. Deberé valerme por mí mismo y sobrevivir con lo que la naturaleza me proporcione, pero también tendré menos gastos. Aun así, necesitaré algo de dinero para pagar favores y sobornos que me ayuden a completar mi misión. No he podido evitar, por tanto, realizar una visita a la judería en busca de un prestamista. Me costó encontrar un judío que me ofreciera las condiciones que podía yo aceptar, contando con el inconveniente de mi condición de musulmán. Al final, la semana pasada, firmé una comanda de 200 sueldos, a devolver en 12 meses. A pesar de estar penada la usura por la ley judía, estos cambistas no tienen reparos en solicitar pingües réditos por sus servicios. Cincuenta sueldos más deberé pagar a mi regreso por los intereses. Asimismo, tuve que poner mi vivienda de la morería como garantía para cubrir un posible impago. Después de formalizar los documentos, me acerqué al taller de un curtidor a quien compré un buen par de botas nuevas y unas amplias alforjas de viaje.

Ya en Mislata, he aprovechado la tarde para preparar mi próxima jornada. En primer lugar, he adquirido un buen mulo que me ayudará a transportar el equipaje. He enviado un mozo a Benaguacil con el animal y las alforjas llenas, con el encargo de dejarlo en casa de unos primos míos, donde lo recogeré mañana. Cuento con una coartada para esta primera etapa que me obliga a caminar solo. Hasta que no me aleje de la ciudad, encontraré mucha gente en el camino, para la cual seré un "manobrer" ocupado en desbrozar los márgenes de las acequias y limpiar las golas, para evitar atascos cuando lleguen las próximas lluvias. Ya compré la azada; esta noche conseguiré el distintivo real, por si he de mostrarlo. Me temo, no obstante, que van a pedirme un elevado precio por él.

sábado, 15 de marzo de 2014

Moros y cristianos

El 9 de octubre de 1238, Jaime de Aragón entró en la ciudad. Sin aliados en al-Andalus, desde la muerte de ibn Hud, y sin auxilio exterior, a pesar de su solicitud de ayuda al califa de Túnez, el rey Zayyan había rendido la ciudad unas semanas antes, tras cinco meses de asedio, y se retiró a Denia. Dicen que el nuevo rey cristiano ordenó una ocupación pacífica, respetando a los valencianos, cosa que le honra. A pesar de ello, los saqueos y las violaciones se sucedieron durante semanas y, aunque no fueron toleradas, tampoco fueron castigados los instigadores.

Han pasado ya seis años de aquella aciaga fecha y en este tiempo hemos sufrido muchos cambios. Las 10 mezquitas de la medina han sido consagradas a la advocación de distintos santos para el culto cristiano y, en su mayoría, están siendo reconstruidas. Cada una de ellas es cabeza de una parroquia, la nueva división administrativa de la ciudad. El almuédano ya no llama a la oración desde los alminares. En su lugar, el tañido de las nuevas campanas instaladas en la mezquita aljama, hoy catedral a San Pedro, rige las horas del día. Viviendas, molinos, comercios y heredades pasaron a propiedad del nuevo rey, quien los ha donado de acuerdo a sus compromisos con los nobles y caballeros que le ayudaron y con las órdenes religiosas que le acompañaron. De entre estas últimas, los Hospitalarios han sido los más beneficiados, con la construcción de una orgullosa iglesia de nueva planta, San Juan del Hospital, cerca de la puerta de la Ley, para lo cual, se asolaron varias viviendas. El recinto de la judería, anejo a la misma, ha sido respetado, quedando reservado a la propiedad del rey.

San Juan del Hospital, cuya construcción se inició en 1238 (foto por PCA (c))
Otros cuatro conventos religiosos están siendo construidos extramuros, en los cuatro puntos cardinales alrededor de la medina, para las órdenes mendicantes que llegaron con Jaime: Predicadores al este, frente a Xarea; Franciscanos al sur, junto al camino de Xàtiva; Mercedarios al oeste, en Boatella; Caballeros Templarios al norte, junto al río. Estos últimos, ocuparon inmediatamente la torre de Alí Bufat con las casas y la fortaleza anejas, donde siempre ondea, junto a la cruz del Temple, el pendón con las barras de Aragón.

En cuanto a la población autóctona, aquellos que no abandonamos la ciudad ni consentimos el bautismo hemos sido recluidos en un nuevo suburbio extramuros, ubicado junto a la puerta de la Culebra, entre los arrabales de Boatella y Roteros, que recibe el nombre de "morería". Moros, nos llaman ahora; dicen que significa persona de tez morena, pero siempre es pronunciada esta palabra de forma despectiva. Al menos, se nos consiente practicar el rezo en un local que utilizamos de mezquita, leer el Corán, mantener nuestras costumbres y normas regidas por la sunna y la sharia y elegir a nuestras propias autoridades. Quien así lo ha preferido, sigue trabajando sus tierras o mantiene su oficio; pero con una diferencia sustancial: fincas y obradores han pasado a manos de cristianos viejos venidos del norte. Son aragoneses, catalanes y navarros, a quienes se les dio la propiedad de todos los bienes conquistados para asegurar así que la riqueza del reino queda en manos pías. Pero, como necesitan mano de obra, emplean a los musulmanes, sus antiguos propietarios, a quienes arriendan los que fueron sus propios comercios e industrias. Estos "repobladores" se repartieron las antiguas viviendas musulmanas, ocupando en la mayoría de los casos más de una casa por familia. Este flujo migratorio, en busca de una nueva vida, o más bien esta invasión, no ha cesado desde entonces y la medina se ha quedado pequeña. Por eso, ha comenzado la construcción de nuevos arrabales, como es el caso del barrio de Pescadores al sur, junto al meandro que traza el brazo del río, o el de Villanueva del Mar, que alberga el puerto marítimo.

Torre de la muralla árabe integrada en los edificios colindantes, vista desde la calle Tenerías,
una de las que formaron parte de la morería de Valencia (foto por PCA (c))
Pero hay algo que no ha cambiado en esta tierra turbulenta: Abu Zayd sigue vivo. En su época de gobernador de Valencia, como todos ya lo sospechábamos, había sometido la taifa a vasallaje de la Corona de Castilla, primero, y de Aragón más tarde, a cambio de prebendas para él y su familia. Escandalizado por ello, Zayyan de Onda, tomó la ciudad en 1229 y lo condenó al exilio. ¡Qué error cometiste, Zayyan! Lo dejaste vivir y se ha convertido en el traidor más grande que ha pisado nuestra tierra. Muy pronto, en nombre de Jaime de Aragón, Abu Zayd conquistó las tierras que riega el río Palancia. Plazas como Bejís, Jérica, Segorbe, Geldo, Torres Torres, Albalat formaron un corredor franco que ha permitido desde entonces el paso de las tropas cristianas desde Teruel hasta el mar. Gracias a ello, Jaime, al regresar de Mallorca, pudo llegar rápidamente a Burriana y tomarla en 1233. Como eslabones de la misma cadena, cayeron después otros castros y villas sin oposición: Peñíscola, Benicarló, Culla, Borriol, Vilafamés, Almazora, Burriana, Castellón; y, más tarde, ya en 1238, Paterna, Bétera, Bufila, El Puig y la misma Valencia.
Valle del Palancia, junto a Sot de Ferrer (foto por PCA (c))
Durante un tiempo, Abu Zayd ha recorrido de norte a sur la taifa sin oposición, como un soldado más de Jaime. Conquistador de la Serranía le proclaman, tras tomar Alpuente, Tuéjar, Chelva y Domeño. Señor de Aldaya y Ganadur es su título, otorgado por su rey en pago a sus favores. Vicente Belvis, dicen, se llama ahora, después de haber recibido el bautismo. Un tipo desleal, que ha dado la espalda a sus antiguos súbditos, que reniega de la religión de sus padres y que ha entregado nuestro territorio al enemigo, no se merece otra cosa que la muerte. Esta es la pena, según la sharia, para un apóstata como él.

Y yo, me he ofrecido a ser su verdugo.

sábado, 1 de marzo de 2014

Una taifa en disputa (1099-1238)

Cinco años gobernó el Cid en Valencia, manteniendo a raya tanto a almorávides como a cristianos, hasta su muerte. Su viuda Jimena apenas conservó el territorio tres años más, con la ayuda del conde de Barcelona. En 1102, cediendo a la presión del invasor almorávide, abandonó la ciudad tras arrasarla por completo. Durante mucho tiempo me preguntaba: ¿quién es capaz de quemar la tierra que gobierna? Más tarde encontré evidente la respuesta: quien no aportó nada a su prosperidad, quien nunca la amó, quien siempre sintió desprecio por sus súbditos. Una hermosa ciudad fue calcinada y empobrecida, pero a cambio quedó por fin libre del yugo del Cid y su familia. 

Después de Valencia, se recuperaron las taifas de Albarracín y Zaragoza. Volvió, pues, el culto del Islam a las mezquitas. Mallorca fue la última de al-Andalus en pasar a manos almorávides, ya en 1116, debido a su situación isleña. Pero los reinos cristianos no se quedaron impasibles ante los hechos que se estaban desarrollando. Sabían que, entre el grueso de la población musulmana, pervivía un sentimiento anti-almorávide. La sensación de estar cautivos por sus propios salvadores estaba, sobre todo, causada por la severa represión religiosa y por la elevada presión fiscal que soportaban. Así pues, apoyado desde dentro por los propios oriundos, Alfonso I de Aragón reconquistó para el cristianismo Zaragoza, Daroca y Calatayud, entre 1118 y 1122.


Castillo de Daroca (foto por PCA (c))
Durante las siguientes décadas, el odio a los almorávides fue en aumento entre la población, especialmente instigada por destacados miembros de la aristocracia musulmana que habían perdido el poder en su propio territorio. Mientras tanto, las campañas militares de los cristianos por las taifas meridionales confirmó la debilidad del ejército almorávide. Y, finalmente, en 1145, la rebelión estalló en Valencia. Tras varios intentos infructuosos de gobernar de forma estable la región por parte de capitanes y cadíes locales, un muladí de Peñíscola, de nombre Muhammad ibn Mardanix, se hizo con el poder. Al mando de un potente ejército, consiguió, durante los años siguientes, dominar un gran territorio que incluyó, entre otras, las taifas de Valencia, Murcia (donde estableció su capital), Albacete, Jaén y Granada. Fue conocido en toda la península por su sobrenombre de Rey Lobo.

Al mismo tiempo, una nueva oleada de africanos llegó desde el Magreb: los almohades. A pesar de que fueron recibidos con hostilidad tanto por los cristianos como también por los musulmanes, escarmentados éstos de su experiencia anterior con los almorávides, lograron ocupar una gran parte del territorio de al-Andalus. Pero el Rey Lobo era un soberbio general y los mantuvo a raya; los asedios a las ciudades por él gobernadas no tuvieron éxito. Solamente después de su muerte, en 1172, cayeron Murcia y Valencia bajo el poder del califa almohade. Sometidos a éste, Valencia tuvo varios gobernadores durante los años siguientes, que emprendieron diversas obras de refuerzo en sus murallas para mejorar las defensas.


Torre defensiva de la época almohade en la muralla musulmana de Valencia,
en la plaza del Tossal (foto de PCA (c))
Los reinos cristianos cambiaron el modelo de dominio sobre las taifas que habían mantenido hasta ese momento. Ya no quisieron conformarse con el cobro de parias, dejaron de permanecer como espectadores mientras los musulmanes luchaban entre ellos y otorgaron mayor valor al gobierno directo sobre los territorios. Por todo ello, adoptaron una actitud más belicosa, dando algunos pasos. Por un lado, Alfonso VIII de Castilla ocupó Cuenca y consolidó su dominio sobre la Meseta. Por su parte, Alfonso II de Aragón, llamado "El Casto", conquistó Teruel e intentó varios asedios sobre Valencia y otras ciudades. Ambos monarcas planificaron sus respectivos avances hacia el sur y pactaron el reparto entre las dos Coronas de las tierras aún no conquistadas, mucho antes de tomarlas. El califa almohade Muhammand an-Nasir, viendo cómo la presión de los reinos cristianos iba en aumento, ganando cada vez más terreno, se decidió a cruzar el estrecho con 20.000 hombres, con el objetivo de asegurar la frontera y recuperar los territorios perdidos. A su llegada a la península, se encontró con una alianza entre los reinos de Castilla, Portugal, Navarra y Aragón en plena cruzada contra el Islam. Confiando en su gran superioridad numérica, el ejército almohade se enfrentó al cristiano en la batalla de al-Uqab, en las Navas de Tolosa (Jaén). Tras una cruenta lucha, la alianza cristiana consiguió la victoria. Fue el 16 de julio de 1212, día en que volvió an-Nasir derrotado a Rabat y abdicó en favor de su hijo Yusuf II.


La hambruna, que sufría todo el territorio como consecuencia de un largo periodo de sequías, se agudizó durante la siguiente década y afectó seriamente a la población. A esto, se sumó en 1224 el acontecimiento de la muerte del califa almohade Yusuf II, que desencadenó una lucha dinástica y, en consecuencia, la inseguridad política en todo el Magreb y también en al-Andalus. La situación estaba al rojo vivo y fue aprovechada por los gobernadores locales para erigirse en reyes de sus territorios. De ellos, destacó Abu Abdellah ibn Yusuf ibn Hud al-Yudhami, un hudí de Zaragoza que en 1228 se autoproclamó emir de todos los musulmanes y sometió, por la fuerza y en poco tiempo, un vasto territorio formado por las taifas de Murcia, Córdoba, Sevilla, Málaga y Almería, además de las tierras de Valencia al sur del Júcar. Quedó al margen la parte de Valencia comprendida entre los ríos Senia y Júcar, fiel a su gobernador Zayd Abu Zayd. También mantuvieron su independencia algunos territorios alrededor de Jaén y Granada (Arjona, Guadix y Baza, entre otros).
Onda y su castillo árabe (foto por PCA (c))
Pero este statu quo (como dicen los cristianos) no se mantuvo durante mucho tiempo. En Valencia, Abu Zayd es desalojado de su cargo un año después por un enemigo suyo, Zayyan ibn Mardanix de Onda, acusándole de traición por haber hecho pactos con Aragón. Más tarde, en 1236, ante la presión castellana, ibn Hud rinde Córdoba a Fernando III y se declara vasallo suyo, abonándole parias. Los propios gobernadores del emir, hartos ya de su caótica política de alianzas con los cristianos, urden un plan para prenderlo y ejecutarlo como traidor, que tiene éxito dos años después. Mientras Jaime I de Aragón, desde su campamento de Ruzafa, dirige el sitio contra Valencia, Muhammad ibn Yusuf ibn Nasr, sultán de Arjona, toma Almería, Málaga y Granada y se proclama rey de los musulmanes, estableciendo su corte en esta última ciudad. Desde el 16 de julio de 1238, él es Muhammad I de Granada, más conocido como al-Ahmar por el color rojo de su estandarte y también por el de su cuidada barba.

sábado, 22 de febrero de 2014

El Señorío del Cid

Durante las últimas décadas del siglo XI, continuaron las tensiones entre las diferentes fuerzas que intentaban dominar una al-Andalus dividida.  Los diferentes estados de la península, tanto musulmanes como cristianos, buscaban el predominio en la región y la protección frente a las amenazas exteriores. Así, entre los herederos de las diferentes taifas comenzaron a celebrarse matrimonios de conveniencia, lo cual, en teoría, equivalía a una coalición de ayuda mutua, no siempre respetada en la práctica. Por su parte, los reinos cristianos de León, Castilla y Aragón intentaron controlar el mayor número de territorios fronterizos mediante pactos, en los que ofrecían su protección contra posibles invasiones a cambio de parias, que al mismo tiempo ahogaban las finanzas de las taifasFue una etapa de intrigas, alianzas y traiciones. Mantener el equilibrio que todos pretendían fue difícil; y en varias ocasiones se rompió.

La conquista de Toledo por Alfonso VI de Castilla, en mayo de 1085, decidió a los régulos musulmanes de Sevilla, Granada, Badajoz y Almería a solicitar la ayuda de los almorávides. Éstos nómadas, que ya tenían el dominio de todo el Magreb hasta Mauritania, respondieron a la llamada y enviaron sus tropas a través del estrecho, que desembarcaron en Algeciras en el verano de 1086, al mando del general bereber Yusuf ibn Tasufin. Al llegar, encontraron una población musulmana que había abandonado la mayoría de los preceptos religiosos y unos gobernantes sometidos a vasallaje bajo la aparente protección de las tropas cristianas. Este panorama les animó a ocupar las taifas del sur, con el fin de restaurar en ellas las doctrinas ortodoxas del islam. Al mismo tiempo, rompieron relaciones con los reinos cristianos, neutralizando temporalmente su avance, y afianzaron las fronteras. Como consecuencia, aquellos que vinieron en auxilio de los territorios musulmanes fueron finalmente sus conquistadores. El sur fue un territorio almorávide en expansión.

Palacio de la Aljafería de Zaragoza, residencia de al-Muqtadir
y sus descendientes hudíes (foto por PCA (c))
Sin embargo, la amenaza para Valencia llegó desde el norte, del hudí al-Mundzir, otro hijo de al-Muqtadir y por tanto hermano de al-Mu'taman, por entonces rey de las taifas de Lérida, Tortosa y DeniaEn 1087, ayudado por el conde Ramón Berenguer II de Barcelona, al-Mundzir atacó Valencia, que aún estaba gobernada por al-Qádir. Este régulo incauto y cobarde, sin saber cómo defenderse, probó a pedir ayuda a al-Musta'in, hijo de un antiguo aliado: al-Mu'taman. Este nuevo rey de Zaragoza no tuvo reparos en responder a la llamada y envió a luchar contra su propio tío a un caballero castellano llamado Rodrigo Díaz de Vivar, que se encontraba a su servicio desde hacía algunos años, tras haber sido desterrado por el rey de Castilla. Rodrigo, más tarde conocido como Cid, ejercía de mercenario alquilando su ejército al mejor postor, sin importar la religión que profesara. Enseguida, vio en esta misión una oportunidad de poner nuevos territorios bajo su influencia y ofreció protección a al-Qádir a cambio del derecho a recaudar tributos. Al aceptar esta oferta, al-Qádir no supo calcular bien las consecuencias.

Los hombres del Cid vencieron a al-Mundzir y a Ramón Berenguer en esta y en otras batallas posteriores. Después, impusieron por la fuerza a estos régulos, tanto los vencidos como los amparados, la sumisión y el cobro de parias. Esto permitió al de Vivar tener bajo su dominio el gran territorio formado por las taifas de Zaragoza, Lérida, Tortosa, Albarracín, Alpuente, Valencia y Denia; y vivir holgadamente con sus rentas.

Alpuente, cabeza de una taifa (foto por PCA))
Mientras tanto, en Valencia, comenzó a vivirse un momento crítico. Instigada por el cadí Yafar ibn Abd Allah ibn Yahhaf, la problación inició durante el verano de 1092 una revuelta con la intención de derrocar al decadente al-Qádir, cansada de la vida regalada que éste disfrutaba a costa de sus súbditos. Para ello, solicitaron la ayuda de los almorávides. Mientras el Cid se encontraba guerreando contra Castilla en el norte, los rebeldes tomaron el alcázar, asesinaron a al-Qádir y proclamaron al cadí como nuevo rey. Esto obligó al Cid a regresar, pero encontró cerradas las puertas de la ciudad. Tras sitiarla durante casi un año, Yafar aceptó las condiciones de rendición del Cid, y éste levantó el asedio. Pero nuevas revueltas le hicieron reconsiderar la tregua y volvió a estrechar el sitio. Otra vez, entre los valencianos se extendió el hambre y, muy pronto, también la peste. Se vendían las ratas a precio de carnero y los cueros cocidos a precio de tocino. Por una onza de chufa silvestre algunos llegaron a matar. La necesidad empujó a otros al canibalismo. Los que huyeron saltando la muralla eran capturados y las tropas del Cid los vendían como esclavos o los decapitaban. En total, la ciudad soportó ¡20 meses! de cerco asfixiante, durante los cuales ni Zaragoza ni los almorávides llegaron en su ayuda. 

¡Cuánto he llorado, escuchando a mi maestro narrar estas atrocidades! Aquello nunca debiera olvidarse. Por eso, lo transcribo tal y como me lo contaron tantas veces; con la esperanza de que mis descendientes lo transmitan a su vez también a los suyos; para que nunca se olvide el sufrimiento y la tortura infligida a nuestros antepasados, únicamente por defender sus casas, sus tierras y sus familias.

En junio de 1094, Valencia, finalmente, capituló. Cuando el Cid entró en la ciudad rendida, la mitad de la población había perecido. Pero Rodrigo, por fin, tenía su propio territorio. Se nombró a sí mismo "Príncipe de Valencia" y ocupó la almunia junto con su mujer Jimena y sus hijos. 

Castillo de Serra (foto por PCA (c))
Mientras duró el sitio del Cid, los almorávides no aparecieron, a pesar de las continuas llamadas de socorro enviadas por el cadí. Más bien, esperaron otro momento más propicio. Fue después de caer Valencia, en septiembre de ese mismo año, cuando el general Abd Abdalá Muhammad ibn Tasufin, sobrino de Yusuf ibn Tasufin, se lanzó a su recuperación y puso a su vez cerco a la ciudad. Pensó que la debilidad de los valencianos sería una aliada. No contaba, sin embargo, con la destreza de los hombres del Cid, quienes salieron de las murallas hacia el Llano de Quart, donde tenían el campamento los invasores, y les derrotaron utilizando la táctica árabe de la tornafuye que bien habían aprendido en Zaragoza, cogiendo a los africanos entre dos fuegos. Seguidamente, al reconocer la simpatía pro-almorávide que demostraron los valencianos, el Cid se volvió contra ellos a sangre y fuego. Asesinó a gran parte de su población, entre ellos al cadí Yafar y otros miembros ilustres de la comunidad musulmana. No quedó de sus viviendas piedra sobre piedra y toda la belleza de sus calles y de sus patios fue borrada por las llamas. Pronto, el Cid conquistó también Serra, Olocau, Gandía, Almenara, Sagunto y otros castillos vecinos. Y así, un caballero sin tierra, un simple vasallo, se convirtió en rey de su propio reino. 


sábado, 8 de febrero de 2014

El legado amirí

Hagamos una pausa en el relato, que nos aporte un poco de perspectiva en este camino por el tiempo. Como nos han contado Ahmad y su maestro, durante el siglo XI, los musulmanes desarrollaron en la península Ibérica una cultura y una sabiduría que ha perdurado hasta hoy. Ciertos oficios, como tejedor, curtidor o herrero, tienen su origen en aquel tiempo y mucha de aquella tecnología relacionada con el agua (molinos hidráulicos, norias, batanes...) estuvo vigente hasta hace pocas décadas. Topónimos, apellidos, expresiones y plegarias al cielo en lengua árabe perduran hoy, aunque adaptadas a nuestra caligrafía. Un legado que, en cierto sentido, ninguna reconquista ha podido borrar. No es de extrañar que Ahmad, nuestro protagonista en esta historia, añore la época amirí aun sin haberla vivido. Él mismo es descendiente de los amiríes que gobernaron Valencia durante más de sesenta años y comprende mejor que nadie qué significado dar a aquella época y cómo valorar los logros conseguidos.

Aunque Ahmad no lo haya mencionado, la comunidad judía tuvo mucho que ver en el desarrollo de las ciudades musulmanas de la edad media. En Valencia, si los musulmanes desarrollaron las técnicas agrícolas y la obra civil, los judíos aportaron su conocimiento en otros sectores de la economía, como la artesanía y el comercio. En aquel tiempo, ya existía una judería. Formaba un complejo de callejuelas y "atzucacs" donde, entre las viviendas, existían varias sinagogas y tiendas judías. Se trataba de un recinto cerrado por un muro, adosado a la muralla en el lado oriental de la ciudad, alrededor de la actual calle del Mar, aproximadamente en el tramo comprendido entre las plazas de la Reina y de San Vicente Ferrer. En este mismo lugar, se encontraba la Bab al-Xaria, o "puerta de la Ley", que daba acceso a una explanada destinada a la oración al aire libre, comprendida entre los dos brazos del río que se reencuentran y la muralla; un lugar sagrado para los musulmanes donde se encontraba uno de los cementerios extramuros, la ermita de al-Musalla y donde creció el poblado arrabal de la Xarea. Puede decirse que, en el mismo "barrio" valenciano, dos religiones distintas practicaron sus cultos, aunque separadas por un sólido muro.

De las obras civiles acometidas en la ciudad por orden del rey Abd al-Aziz ibn Amir quedan aún numerosos indicios, a pesar de que la ciudad fue totalmente arrasada en el año 1102 durante la invasión almorávide. La muralla fue, de todas, la más espectacular, y fue famosa por su solidez. Pruebas de ello fueron las dificultades que presentó a los sitios que estrecharon sucesivamente el Cid Campeador, los almorávides y los reyes de Aragón Alfonso el Casto y Jaime I . Su fábrica era de tapial de hormigón de una anchura media de 2 metros, con torres semicirculares de mampostería cada cierto trecho. En la época de los almohades, fue reforzada con torres de planta cuadrada. Rodeaba la medina siguiendo el perímetro que formaba los brazos principal y secundario del río, que actuaban como foso. Toda ella estaba precedida de una barbacana y un antepecho formando explanada.
Torre de la muralla árabe, conocida como "del Ángel" (foto por PCA (c))
Hoy en día, aún pueden descubrirse de ella algunos restos en diferentes estados de conservación: unos, en inmuebles de propiedad privada; otros, restaurados por inversiones públicas; y el resto, en penoso abandono. Estos son, siguiendo su perímetro en sentido antihorario:
  • Un tramo de muralla en toda su altura con almenas y torreón, integrado tras su restauración en el interior de un edificio de propiedad particular sito en el número 2 de la calle Blanquerías. Adosadas a este muro, se han encontrado unas balsas circulares de 5 metros de diámetro en ladrillo y mortero, de las que se utilizaban para el tintado y curtido de las pieles. Junto a este lugar, estuvo la Bab al-Qantara o "puerta del puente", llamada así por el desaparecido puente de piedra sobre el río que unía los arrabales de Roteros (extramuros, alrededor de la calle del mismo nombre) y de la Alcudia (donde la actual calle de Sagunto).
  • Aproximadamente 8 metros de muralla que constituye el muro lateral izquierdo del edificio situado en el número 5 de la calle Roteros, donde actualmente hay un horno (puede verse también desde el interior del establecimiento). Siguiendo la línea de la calle Palomino, encontramos tres torres:
  • La torre llamada "del Ángel", por el nombre de la posada que más tarde hubo en este lugar, adosada a un tramo de muralla, conjunto completamente abandonado y pintado con graffitis en un solar junto a la plaza de los Navarros; la torre "de la Mare Vella", inconcebiblemente integrada como vivienda al patio trasero de un edificio de la calle homónima, visible desde el solar a su espalda; y la torre "de la Valldigna", en total ruina, junto a un pequeño tramo de muralla, oculta entre varios edificios con fachada a la calle del mismo nombre.
  • El "portal de la Valldigna", que no fue puerta original sino una abertura practicada en la muralla en una época posterior a la ampliación extramuros de la ciudad, perfectamente integrado en los edificios anexos. A partir de aquí, la muralla seguía la calle Salinas, donde se encuentra:
  • Un trozo de muro de unos 3 metros, que queda en pie de la fachada de un edificio derribado en la calle Salinas, en total abandono. Continuaba la muralla por el interior de los edificios actuales, donde puede apreciarse:
  • Una torre con lienzo de muralla, en completa ruina, adosada al edificio de la calle Caballeros número 38. Junto a ella, se encontraba la Bab al-Hanax o "puerta de la Culebra", que fue acceso occidental a la medina, la cual se ha restaurado para integrarla en el interior del local comercial de la misma calle. En el local vecino que forma esquina con la plaza de San Jaime, puede observarse otro tramo de lienzo.
  • Una sección de muralla con torreón de planta cuadrada (éste, de la época almohade), en el subsuelo de la plaza del Tossal, junto con los restos del canal que fue de la primitiva acequia de Rovella. En este caso, se ha consolidado el conjunto en un centro visitable por el público. A partir de aquí, la muralla hacía un giro brusco hacia el sudeste, donde podemos ver:
  • La base de una torre con lienzo de muralla, integrada en las viviendas de la plaza del Marqués de Busianos número 2.
  • Un lienzo de muralla, integrado en el interior de la sala multiusos del Colegio Mayor Rector Peset de la Universidad de Valencia, sito en la plaza del Horno de San Nicolás. Seguiría la muralla la línea de la calle de las Danzas por los solares donde se asientan los edificios que dan a la plaza del Mercado. El siguiente vestigio es:
  • Una sección de muralla con torreón, barbacana y foso, en el sótano del Centre Octubre, en la calle San Fernando. Constituía el tramo existente entre las desaparecidas Bab al-Qaysariya, o "puerta de la Alcacería", y Bab Baytala, o "puerta de la Casa de Oración". La primera de ellas, ubicada entre las actuales calles de Trench y de las Mantas, daba acceso al prado que formó el brazo sur del río cuando fue secado, que con los años se convertiría en la plaza del Mercado. La segunda, estaba sobre la calle de San Vicente Mártir y era la salida sur de la medina al arrabal de la Boatella y al camino de Xàtiva. A partir de este punto, la muralla seguía el brazo fluvial y describía la cerrada curva que conforman las actuales calles Moratín, Barcas, Pintor Sorolla y Universidad, donde encontramos:
  • Un basamento de la muralla bajo el piso del vestíbulo de entrada a la Universidad de Valencia. A continuación, seguía la línea de la calle Comedias, la plaza de San Vicente Ferrer (donde se ubicaba la Bab al-Xaria ya mencionada) y la calle Gobernador Viejo hasta que, de nuevo cerca del río puede verse:
  • Una sección de muralla en el interior del Palacio del Marqués de Caro, hoy un establecimiento hotelero, a espaldas del Temple, lugar donde se encontraba la Bab Ibn-Sakhar o "puerta de la Roca" y la famosa torre de Alí Bufat.
Sección de la muralla islámica, en total abandono,
en la calle Salinas de Valencia (foto por PCA (c))
No queda ya ningún rastro del tramo que seguía el margen derecho del río, donde se ubicaría la Bab al-Warraq o "puerta de la Hoja", exactamente en la embocadura de la actual calle Salvador. Dicha puerta daba acceso a un puente de madera que permitía llegar al arrabal romano de la Villanueva, donde Abd al-Aziz mandó construir su almunia real (cuyo espacio es ocupado hoy por los Jardines del Real), y más allá a la vieja calzada romana, la actual calle Alboraya.

En el centro de la medina, los amiríes no hicieron grandes reformas y aprovecharon los edificios de la época visigótica, aunque para otros usos. El foro, la catedral y su capilla-mausoleo, cuyos restos pueden visitarse en el centro arqueológico de "L'Almoina" y el museo anexo llamado "Cárcel de San Vicente", fueron utilizados por los musulmanes respectivamente como zoco, mezquita aljama y hammam (los baños árabes del Almirante son posteriores, del siglo XIII). Quizá, el edificio más espectacular de esta parte de la ciudad sea el alcázar, del cual se han hallado diversos basamentos de sus muros y de una alberca de su patio o jardín. Este complejo áulico ocupaba el espacio de las actuales plazas del Arzobispo y de San Luís Beltrán y el solar del actual Almudín. También se ha encontrado la rauda o panteón real, cuyas tumbas se alinean junto a la mezquita. Otras excavaciones en el centro histórico han sacado a la luz los cimientos de casas y palacios de la época y también varias necrópolis musulmanas extramuros, como la de la calle Quart. Se ha encontrado también un tramo de un acueducto de origen romano, a lo largo del eje Quart-Caballeros, que llevaría el agua potable al centro de la ciudad desde un depósito ubicado cerca de Mislata.
Restos de los muros perimetrales del alcázar
en el Centro Arqueológico de L'Almoina (foto por PCA (c))
Las calles en que se ramificaba Valencia alrededor del foro fueron diseñadas siguiendo un trazado caótico y curvilíneo, según la típica distribución de la ciudad musulmana, lejos de la ortogonalidad de su antepasado romano. Por ello, es posible identificar fácilmente, sobre el plano actual de la ciudad, la medina y la ubicación de algunos de los arrabales extramuros, hoy barrios totalmente integrados en la morfología urbana, como los ya mencionados de Xarea, Boatella y Roteros que estaban junto a la muralla, o los más alejados de Zaidia, Mislata y Ruzafa. El nombre de este último tiene su origen en un palacio ubicado en las inmediaciones, dentro de una gran finca que llegaba hasta la Albufera (que por entonces aún bañaba Pinedo), propiedad de Abd Allá al-Balansí, hijo de Abderramán I, un príncipe omeya que vivió en la ciudad en el siglo IX.

Gran parte de la huerta que rodeaba la ciudad se mantiene, hoy en día, en plena producción y protegida por las autoridades de la especulación urbanística. Sin embargo, ya no es ni mucho menos el motor de nuestra economía. Mantiene totalmente su vigencia el sistema de azudes para la distribución para el riego del agua procedente del Turia. Este río, que ha dado la prosperidad a esta tierra, fue llamado wádi l'Abyad en árabe, vocablo que significa "río blanco" y del que proviene su otro nombre: Guadalaviar. Actualmente, las acequias principales son: Moncada, Tormos, Mestalla y Rascanya, por el margen izquierdo; y Quart (con dos ramales), Mislata, Favara y Rovella, por el derecho. La asamblea de regantes musulmana fue el origen de lo que más tarde se convertiría en el Tribunal de las Aguas de la Vega de Valencia, que está constituido por ocho síndicos, dos para la acequia de Quart, uno para el ramal principal y otro para el ramal de Benàger i Faitanar y uno más por cada una de las otras acequias, menos la de Moncada.

El desarrollo experimentado por Valencia durante el siglo XI, junto con su estratégica ubicación cercana al mar y bien comunicada con los territorios al sur y al norte, convirtió su taifa en un lugar valioso. Como nos cuenta Ahmad a continuación, los reinos vecinos, tanto cristianos como musulmanes, la convirtieron en su objetivo, por lo que no pudo mantenerse independiente durante mucho tiempo.

viernes, 31 de enero de 2014

Balansiya, ciudad musulmana

Durante el gobierno amirí, Córdoba llegó a ser la envidia del mundo occidental por su relevancia en las artes, la medicina, la arquitectura y por su poder militar. Mientras mi maestro me explicaba su final, yo me lamentaba profundamente de que aquella época dorada se hubiera apagado. Pero he crecido y me he dado cuenta de que aquellos líderes fueron unos dictadores; de que dirigieron una administración despótica, donde el abuso de poder y la compraventa de favores era la regla general; de que únicamente buscaron su beneficio personal; de que despreciaron absolutamente el bienestar de sus súbditos. Capaces de lo mejor y también de lo peor, ellos mismos fueron los principales responsables de su propia desaparición.

Afortunadamente, el colapso de Córdoba no supuso para Valencia, al menos en un principio, un perjuicio, sino todo lo contrario. Mi maestro me contó cómo, bajo la dominación del Califato, nuestros antepasados instalados en Xarq al-Andalus, desarrollaron la agricultura moderna, base de la economía de la región. Al proceder de países donde el cultivo de la tierra estaba muy arraigado desde la Antigüedad, conocían las técnicas para explotar regadíos y mejorar su producción. Fomentaron el cultivo intensivo de la huerta e introdujeron el arroz, la naranja, el higo y casi todas las hortalizas que hoy consumimos, productos hasta ese momento desconocidos en estos lugares. Lo primero que hicieron fue parcelar la tierra y actualizar los sistemas de conducción de agua, que tenían origen romano. El agua necesaria para regar esta huerta se obtenía del río Guadalaviar. De aquella época son los azudes que permiten a las sucesivas acequias que distribuyen el riego tomarla. Pronto, se hizo necesario constituir una asamblea de regantes. Los síndicos designados por ella son los encargados de vigilar el reparto del agua e imponer las penas por las faltas cometidas. La comarca se convirtió de este modo en la huerta fértil que hoy admiramos. El esfuerzo de aquellos hombres reportó una gran prosperidad y también una envidiada belleza a nuestra tierra. 

Alquería en la huerta de Alboraya (foto por PCA (c))
Nada más comenzar el siglo XI del calendario cristiano, mientras Córdoba era sacudida por la revolución contra los amiríes, Valencia ya contaba con más de 15.000 habitantes y se preparaba para vivir una época de gran esplendor. En 1011, se independizó del agonizante Califato y se convirtió en capital de una taifa. Sus primeros gobernantes, Mubarak y Mudaffar, fueron funcionarios de origen eslavo, miembros del partido amirí, que ostentaban funciones de inspección del riego de la huerta. La representatividad, dentro de la comunidad musulmana valenciana, que conllevaba su cargo les dio la autoridad y el respeto necesario para dirigir los destinos del reino durante algunos años.

Diez años después, Abd al-Aziz ibn Abi Amir, nieto de al-Mansur, fue nombrado rey de la taifa. Digno de recuerdo es este monarca por las grandes obras de mejora que acometió en la ciudad y la convirtió en una de las más reconocidas y loadas por los historiadores y poetas. Lo que aprendí de él me llenó de orgullo. Mandó erigir, a lo largo del perímetro del brazo meridional del río, unas sólidas murallas, rematadas por dignos torreones, que aún hoy, dos siglos después, son la envidia de muchas ciudades capitales. Siete puertas se abrían en ella para permitir el acceso desde los poblados arrabales. Fue el promotor de la construcción del primer puente de piedra sobre el río, resistente a avenidas y riadas, de un nuevo alcázar junto a la mezquita y el zoco, de la bella almunia que fue su residencia y la de todos los reyes posteriores. Con Abd al-Aziz, Valencia vivió los 40 años más prósperos desde la época romana imperial.

Muralla de Abd al-Aziz en Valencia (foto por PCA (c))
Al morir en 1061, su hijo Abd al-Malik heredó la taifa. Valencia mantuvo, durante esos años, una buena relación con las vecinas taifas de Zaragoza y Lérida, gobernadas por al-Muqtadir, de la dinastía hudí. Sin embargo, la boda de Abd al-Malik con una hija de al-Mamun, rey de Toledo, no impidió que éste, unos años más tarde, creyéndose con derechos suficientes sobre su yerno para someterlo, asaltara su reino. Una lucha de hermanos contra hermanos, que nos debilitó. A partir de aquel momento, Valencia quedó anexionada a la taifa de Toledo. Este estatus se mantuvo hasta 1075, cuando, al morir al-Mamun, le sucedió su nieto al-Qádir, según mi maestro, un jovenzuelo pusilánime y poco dotado para el gobierno. Valencia pudo recobrar su independencia con Abu Bark, otro hijo de Abd al-Azir, como monarca. Éste casó a su hija con al-Mu'taman, hijo de al-Muqtadir y ya rey de Zaragoza, lo que le permitía tener un poderoso aliado pero, a cambio, le obligaba a vasallaje.
Puerta de la Bisagra (Bab al-Saqra) de Toledo (foto por wikipedia)
Por su parte, los reinos cristianos también intentaban ganar poder. Alfonso VI de Castilla ambicionaba controlar los territorios fronterizos y vio su oportunidad cuando, tras varias revueltas, el rey musulmán de Badajoz tomó Toledo y se anexionó su taifa. La antigua capital visigoda era un bastión demasiado importante. Así pues, Alfonso VI acudió con tropas a la solicitud de ayuda de al-Qádir y reconquistó Toledo, pero no para devolver al régulo depuesto, sino que se reservó para sí este territorio. Una vez asegurada esta conquista, encomendó a su capitán Álvaro Háñez la misión de apoderarse de Valencia antes de que lo hiciera al-Mu'taman. En 1086, las tropas castellanas tomaron Valencia, entonces gobernada por Utman ibn Abu Bark, imponiendo a al-Qádir como nuevo monarca. Éste fue el fin de la dinastía amirí al frente del gobierno de nuestra tierra. Un final que muchas veces he lamentado.

sábado, 11 de enero de 2014

Córdoba, entre el cenit y el nadir (de 756 a 1031)

Nunca olvidaré las enseñanzas de mi maestro sobre la historia de nuestra patria. Gracias a él, aprendí cómo nació un gran estado musulmán en occidente y cómo grandes hombres, que Allah los haya recompensado con todo lo bueno, han luchado por mantenerlo vivo y hacerlo florecer.

Por él, conocí los nombres de los ocho emires que gobernaron en Córdoba a lo largo de más de 150 años. El primero de ellos, Abd Ar-Rahman ibn Mu'awiya ibn Hisham ibn Abd al-Malik, llamado por los cristianos Abderramán I, huyendo del exterminio que su pueblo omeya estaba sufriendo en Damasco por los abasíes, llegó a la península apenas 50 años después de la conquista. Siempre envidié su habilidad y también su autoridad con las que logró, a pesar de todas las dificultades, consolidar una al-Andalus bajo la bandera blanca de los omeyas. Fue capaz de imponer el equilibrio entre todas las fuerzas que se disputaban el control del territorio, árabes, bereberes y cristianas. Y, de esta forma, proclamó en Córdoba un emirato independiente, obteniendo la lealtad de todas las facciones rivales y manteniendo al mismo tiempo a raya a los enemigos enviados por el califa abasí de Bagdad.
Mezquita de Córdoba (foto por wikipedia)
A lo largo de los años, las disputas por el poder con árabes y bereberes fueron cada vez más sangrientas y las revueltas internas con mozárabes y muladíes, cada vez más frecuentes. Además, dos amenazas externas pusieron el emirato en una situación de extrema debilidad: por el norte, los reinos cristianos de León y Navarra, que empezaron a organizar campañas militares para la recuperación del territorio; por el sur, la fundación en el Magreb de un nuevo Califato fatimí de Túnez, independiente del de Bagdad, que amenazaba la independencia omeya conseguida con gran esfuerzo. Afortunadamente, Abd ar-Rahman ibn Muhammad (Abderramán III), el último de los emires, reaccionó proclamando, a finales del año 316 de la Hégira, el Califato. Se consiguió así alejar el fantasma de la sumisión a uno u otro poder y comenzó la época dorada de al-Andalus.

Recuerdo las palabras de mi maestro: "Con Abd ar-Rahman III, con su hijo Al-Hakam y más tarde con el poder de la familia amirí, Córdoba llegó a ser cuna de nuestra cultura, faro de nuestra civilización, perla de occidente y triunfo del poder de Allah. Fueron tan solo ochenta años, pero de ellos, mi amado Ahmad, tenemos que estar tremendamente orgullosos." Efectivamente, Córdoba se convirtió en un centro financiero, comercial y cultural de primer orden en todo el Occidente. Y, en aquel tiempo, una de las ciudades más pobladas del mundo conocido, con más de medio millón de habitantes. Su mezquita era la más grande, después de la de La Meca. Su biblioteca era la más nutrida de su tiempo, con casi un millón de volúmenes. Sus ciudades áulicas de Medina Azahara y Medina Azahira eran la envidia de su tiempo.

Puerta del primer ministro, Medina Azahara (foto por wikipedia)
La muerte de Al-Hakam trajo consigo un cambio político sustancial. Su hijo, Hisham II, tenía apenas 11 años y varias facciones cercanas al poder se disputaron la regencia. Fue entonces cuando apareció en la Historia la figura de Abu Amir Muhammad ben Abi Amir al-Maafirí, llamado al-Mansur bi-llah (Almanzor para los cristianos), quien ya se había abierto camino en la corte con diversos cargos de confianza, destacando por su falta de escrúpulos para conseguir sus propósitos, y gozaba de una gran influencia. Sin ningún reparo, eliminó los obstáculos para que, en Safar del año 366, Hisham II tomara posesión como tercer Califa de Córdoba. Y así, al-Mansur, primero como visir y más tarde como hayib, inauguró una nueva etapa, en la que el gobierno del estado estaba en sus manos y el califa apenas mantenía una función representativa. Con determinación, controló las distintas familias y tribus opositoras del régimen, alimentó las arcas del estado con el oro obtenido en sus campañas del Magreb y encabezó su propia yihad contra los reinos cristianos. Sus victorias en las razias de Zamora, Barcelona, Coímbra, Santiago de Compostela y Pamplona permitieron ampliar la frontera del estado hacia el norte.

Hoy leo en las crónicas que al-Mansur fue un alcohólico, un conspirador, un demagogo, un déspota y un asesino. En esos mismos papeles, se califica su gobierno como una dictadura cruel y opresora que llevó al Califato a la ruina. Quizá nada de eso sea falso. Pero, qué caudillo no utiliza los recursos que tiene en su mano para afianzar su liderazgo; qué batallas pueden ganarse al enemigo sin aplicar la fuerza necesaria; qué victoria no se celebra con jarana y algazara. A pesar de todos sus defectos, no debemos olvidar sus éxitos y sus victorias. Porque los réditos que su esfuerzo dieron a la patria sirvieron para que al-Andalus, en su época, viviera su cenit. Sin embargo, como siempre me recordó mi maestro, la historia es escrita por los vencedores, cuyas manos moldean la imagen que queda para la posteridad de todos los grandes hombres y mujeres que han existido. Y nosotros ya hemos sido derrotados.

Córdoba, puente romano y mezquita (foto por wikipedia)
Tras la muerte de al-Mansur, sus dos hijos mantuvieron durante unos años el gobierno, pero no la estabilidad que necesitaba el Califato. El poder de los amiríes se iba debilitando, hasta que llegó su fin. Los hijos de al-Mansur murieron asesinados con un año de diferencia e Hisham II fue derrocado. El golpe de estado, urdido por los propios omeyas, pretendía imponer un califa y un gobierno más fuertes. Pero la consecuencia de aquello fue la fitna, que debilitó cada vez más la unidad del estado. Efectivamente, durante los 22 años de guerra civil, al-Andalus se fragmentó en multitud de reinos, hasta que el Califato omeya de Córdoba se disolvió definitivamente en el año 422 de la Hégira.

‎Han pasado dos siglos de aquello. Fernando de Castilla ya ha tomado Córdoba y Jaime de Aragón ha entrado en Valencia. Sus tropas avanzan hacia el sur, ocupando cada vez mayor territorio. Ni los almorávides ni los almohades, que sucesivamente llegaron desde el Magreb, han sido capaces durante este tiempo de devolvernos la relevancia ni el poder de antaño, a pesar de su gran fe religiosa, rayana en el fundamentalismo, y su dura experiencia militar; y los reinos cristianos han aprovechado nuestra gran debilidad. La religión de Allah está siendo derrotada y sometida. Al parecer, muy pronto toda la península será cristiana.